domingo, 3 de julio de 2016

Treintañera anclada en la veintena


Aunque ya llevo anclada en la treintena unos cuatro años, en mi cabeza sigo estando en veintena. Los últimos siete años se han pasado en un abrir y cerrar de ojos. Así que en mi cabeza sigo siendo una veinteañera con ganas de comerse el mundo.


Mi aspecto ya nada tiene que ver co
n el de aquella chica de veintitantos, mis caderas han ensanchado inexplicablemente y mi tripa dejó de ser plana hace años, tras los embarazos y lactancia mis firmes pechos se han convertido en dos peras colgantes que necesitan de los sujetadores push-up para dar un pelín el pego. A todo esto hay que añadir que mi cuerpo ha cogido la malísima costumbre de almacenar absolutamente toda la grasa que entra en él. 

Luego están esas dichosas arrugas alrededor de los ojos y las bolsas cada vez más pronunciadas y esas arruguitas en la comisura de los labios y en la frente. Durante mucho tiempo me he querido engañar a mí misma diciéndome que no eran más que líneas de expresión por lo muchísimo que sonrío, pero ¿a quién pretendo engañar? Por mucho que me siga sintiendo veinteañera cuando me miro al espejo éste me hace volver de golpe a la dura realidad.

Lo confieso, mi físico ha sufrido algunas "pequeñas" variaciones pero mi mente sigue siendo la misma, por eso llevo tan mal cuando la gente se refiere a mi como "señora", ¿Señora? ¿A mí? ¿En serio?. La edad está en el interior y yo me sigo viendo como una veinteañera subida en mis tacones y con la cabeza en las nubes.


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